Él caminaba sin parar.
Sentía la mirada de todo el mundo presionandolo y apretujándolo fuertemente, haciendo que el deseo de irse fuera cada vez más poderoso.
Él había pasado por esa situación varias veces. Pero nunca se había acostumbrado a aquella sensación que no podía describir, y que ocurría cada vez que cometía aquel acto, haciéndole ver lo loco que estaba, lo estúpido que era.
Tenía las manos ensangrentadas y cortadas, una soga al cuello, y con cada paso dejaba una huella de color rojizo, que hacía que las personas se espantaran.
La gente parecía mirarlo más y más, y él, aunque no se había dado cuenta, ya corría con todas sus fuerzas.
Deseaba salir de allí, de veras con todo su corazón, dejar de ver esas caras una y otra vez y encontrar una maldita salida en aquel largo pasillo.
La gente comenzó a hablar, y él supo que su desesperación iva a aumentar. Él sabía que cuando la gente comenzaba a hablar, luego comenzaban a acercarse, a mirarlo más, y finalmente, a golpearlo.
Él sabía todo eso, pues siempre era lo mismo. Sabía también que no era su culpa, que sólo era algún fallo, algún error que hacía que todo fuera tan horrible, tan asquerosamente horrible.
"¿Tiene un cigarro?", "¿Tiene un encendedor?", "¿Tiene una pistola?", "¿Lo puedo matar?", "¿Cuál es su nombre?". Así las preguntas daban lugar a respuestas histéricas, cada vez más enfermas y delirantes.
Hasta que se detuvo. En medio de toda esa gente, en medio de todos aquellos que tenían su rostro. Aquellos que fue alguna vez, aquellos quienes eran él, y aquellos que estaban destinados a ser él en el futuro.
Los miró a todos a la cara, como si mirara espejos deformados que mostraban una misma persona de formas horribles y extrañas. Los miró a todos, y luego se dejó caer al suelo. No era desesperación, ni tristeza, ni impotencia. Aburrimiento.
Se había aburrido de estar loco.
Y comenzó a sentir los golpes...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario